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Un cuento que tiene rostro de humanidad

ADVERTENCIA: La breve historia que leerán a continuación está basada en hechos reales.

El día podía ser descrito como perfecto, una típica tarde fresca de otoño en la que disfrutaba de la familiar vista en la que predominaba el concreto gris de los monstruosos edificios que rodeaban su complejo habitacional y un pequeño parque lleno de árboles cuyas hojas comenzaban a cambiar de color. Mientras mataba el tiempo con uno de sus pasatiempos favoritos, ver una película —la selección del día era una comedia—, sintió unas incontrolables ganas de llorar. No había razón alguna detrás de su llanto, pero al enfrentarse ante la imposibilidad de controlarse a si misma, decidió dejarse llevar por el momento.

Este episodio se volvió recurrente y los ataques de llanto llegaban sin previo aviso, aún cuando realizaba las tareas más triviales como hacer la limpieza. Pronto llegaron los repentinos y dramáticos cambios en su estado de ánimo, pasando de la risa al enojo y otro sinnúmero de emociones, con una facilidad incomprensible; así como dificultad para concentrarse y completar actividades del día a día. Se dijo a sí misma que era demasiado para soportarlo sola, y avergonzada de su situación, se aisló de su familia y amigos y buscó refugio en las manos de profesionales.

Inició su terapia con la idea que solo duraría un par de meses hasta que pudiera encontrar los detonantes de estos cambios que disrumpían su rutinaria y tranquila vida. Pero los meses pasaban y continuamente venían a su memoria recuerdos de su infancia, adolescencia y adultez que habían estado enterrados bajo toneladas de luto, culpa y vergüenza. Pensamientos y sentimientos tan reprimidos que habían sido enterrados en el mismo momento de su gestación. 

La realidad es que la jovén había construido la fortaleza que llamaba vida apoyada en 3 columnas: (1) siempre lleva una sonrisa (lo que sientas o pienses no importa, la percepción que los demás tienen es más importante); (2) evita las confrontaciones (calla tus opiniones si estas pueden generar algún tipo de conflicto); y, (3) el trabajo lo es todo. Esta fortaleza comenzó a mostrar sus grietas y la jóven se vió obligada a derribar parte de la construcción, deshacerse por completo de esas columnas mal puestas era necesario. Pero no podemos deshacernos de todos los pilares que soportan una estructura a la vez, esto implicaría derribar la construcción por completo, por el contrario debemos botar una a una esas columnas y la joven siente la responsabilidad de informarles que el proceso es lento y puede llegar a durar toda una vida.

Esta no es una de esas historias que terminan con “…y vivieron felices para siempre.”, esta es una historia de la vida real que se repite una y mil veces en personas de todo el mundo. La salud mental continúa siendo un tabú en nuestra sociedad aún a pesar de que nuestro cerebro es un órgano que tiene a su cargo funciones vitales en nuestro cuerpo, por lo que si visitamos un médico cuando tenemos un dolor de estómago, por qué no visitar un psicólogo o psiquiatra cuando hay desbalances en este órgano.

Tomar la decisión de buscar ayuda profesional cuando es necesario, es algo que debemos hacer para nuestro beneficio propio, nadie vivirá nuestra vida en nuestro nombre, debemos priorizar nuestro bienestar. Amor propio y egoísmo no son sinónimos, aprender a amarnos a nosotros mismos y enfrentar algunos de estos problemas ligados con la salud mental no pueden ser tratados en aislamiento, por lo que eventualmente necesitaremos el apoyo de las personas que valoramos o de profesionales. Reconocer que estamos en esta situación o que todos estamos propensos a experimentarla, jamás debe ser visto como un signo de debilidad…es un signo de humanidad.

Sobre la autora: Karla Macoto | Relaciones Internacionales y Diplomacia | Apasionada por el aprendizaje de idiomas | Hondureña viviendo en Seoul, Korea. 

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